
Se conmemora centenario del nacimiento de Julio Cortázar
El escritor argentino Julio Cortázar, autor de la novela Rayuela, cumple mañana martes el centenario de natalicio, ocasión en que se organizan en este país actividades como exposiciones, charlas y lecturas para su conmemoración.
Cortázar nació en Ixeleles, región de Bruselas, capital de Bélgica, el 26 de agosto de 1914, cuando su padre, Julio José, se desempeñaba como diplomático en aquel país. Vivió una buena parte de su vida en Argentina y también lo hizo en Suiza, Italia y España, pero su lugar de residencia, tal vez su lugar en el mundo, fue París.
Periodista, escritor, traductor, y considerado un intelectual de vanguardia, con su obra -renovadora y por algunos considerada hasta revolucionaria para las letras hispanas- incursionó en la novela, en la prosa poética, en el cuento corto, en la narración breve.
Categorizado por los críticos como un escritor que orillaba entre la realidad y la fantasía, muchos expertos lo consideran un antecedente del realismo mágico que, como estilo, marca a fuego la literatura iberoamericana, o lo relacionan con el surrealismo sartreano.
Tal vez por las muchas similitudes ambientales, sociales, arquitectónicas que supo descubrir entre Buenos Aires y París, una considerable porción de su obra creativa la ambientó en aquellas calles cercanas a la torre Eiffel o en los suburbios de la llamada entonces Ciudad Luz en la que dejó correr su espíritu de escritor de raza.
«Cocó», como lo apodaban familiarmente, solía afirmar cuando lo entrevistaban que su nacimiento en Bélgica, «fue producto del turismo y la diplomacia», donde permaneció poco tiempo porque el estallido de la I Guerra Mundial, obligó a los Cortázar a, a través de Suíza, escapar a Barcelona, España, donde vivieron por casi dos años.
Tenía cuatro años cuando regresó a Argentina donde no había vivido nunca. Su infancia transcurrió en la localidad de Banfield, un suburbio ubicado unos 20 kilómetros al sur de esta capital que fue, según su propia definición, «una tristeza frecuente», como lo reveló años más tarde su amiga Graciela de Solá al hacer pública una carta que le enviara el 4 de noviembre de 1963.
Lector precoz cuando niño, abordó con avidez la obra de Edgar Allan Poe, se deleitó con «Viaje al centro de la Tierra», «Veinte mil leguas de viaje submarino» y «De la Tierra a la Luna», entre otras de Julio Verne, al igual que con los textos de Víctor Hugo. Por entonces, solo tenía poco más de 11 años.
De aquella época de habitante suburbano -que fue yunque de su creación- emergieron con el tiempo textos de su autoría tales como «Bestiario», «La señorita Cora» o «Final del juego», considerados por sus críticos y biógrafos como «autobiográficos».
Maestro en 1932 y profesor de Letras en 1935 de nivel secundario que había cursado en horario nocturno, también tomó de aquellas experiencias como educando las bases creativas para uno de sus cuentos más recordados, «La escuela de noche».
Los apuros económicos por los que pasaba su familia -en especial su madre, María Herminia Descotte, abandonada por su padre cuando Cortázar solo tenía ocho años- lo obligaron a dejar sus estudios universitarios de Filosofía cuando apenas había completado el primero de un ciclo de cinco años.
Con aquel objetivo ejerció la docencia tanto en las provincias de Buenos Aires y de Mendoza, en escuelas secundarias y en la Universidad Nacional de Cuyo, unos 1.100 kilómetros al oeste de la capital del país, donde dictaba literatura francesa.
Crítico y férreo opositor a Juan Domingo Perón -fundador del peronismo- quien asumió su primera presidencia en 1946, el profesor Julio Cortázar dejó Argentina, renunció a su cargo de docente universitario, se radicó en Montevideo, Uruguay y, al regresar a Buenos Aires, con profunda mirada crítica, escribió «Casa tomada», un texto inigualable en el que retrata los cambios políticos y sociales de entonces y que marcarían al país sudamericano para siempre.
Titulado en solo nueve meses como traductor público de los idiomas inglés y francés, padece de síntomas neuróticos que lo obligan a un tratamiento médico intensivo.
Intentó permanecer en Argentina pero la ruptura con el peronismo -en 1951, después de la publicación de «Bestiario»- lo llevó a radicarse en París de donde ya no habría de regresar más que en contadas oportunidades.
En tierra parisina se unió en matrimonio en 1953 con Aurora Bernárdez, una argentina traductora a la que no pocos señalan como «el amor de su vida», en lo que muchos discrepan y le otorgan esa condición a Ugné Karvelis, una lituana que lo construyó como militante político en las izquierdas, con la que convivió desde 1967. Años más tarde desposó a la escritora estadounidense Carol Dunlop, de la que luego enviudó.
A su lado escribió «Los autonautas de la cosmopista», un texto en el que describe el viaje que protagonizaron al recorrer la autopista que une París con Marsella.
Pero el 3 de octubre de 1963 fue cuando produjo el que quizá sea su texto más famoso, «Rayuela», escrita en París y publicada por primera vez en Barcelona, una de las obras más relevantes de la literatura latinoamericana y de las más destacadas del surrealismo argentino.
El texto se articula en tres partes: «Del lado de allá», «Del lado de acá» y «De otros lados», con un total de 155 capítulos en los que cuenta la vida de su protagonista, Horacio Oliveira.
Definida por él mismo como una «contranovela», sostuvo en cada entrevista o conferencia sobre ella que «es la experiencia de toda una vida».
«Rayuela» fue traducida a más de treinta idiomas entre los que se destaca el mandarín, en China, realizada por el académico Fan Yan.
En 1963 Cortázar visitó Cuba para integrarse como jurado en un concurso literario organizado por la Casa de las Américas. Años antes, en Polonia, se había sumado a los movimientos de solidaridad con Chile durante los años de la dictadura en ese país sudamericano de Augusto Pinochet Ugarte (1973-1990).
Devenido en un militante político relevante, en 1981, como una forma de protesta contra la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983), y con la intervención personal del presidente de Francia, Francois Mitterrand (1981-1995) en su favor, el escritor decidió, optó y obtuvo la nacionalidad francesa.
En los primeros días de diciembre de 1983 Cortázar regresó a Argentina a donde no volvía desde 1973 cuando presentó «Libro de Manuel», pocas jornadas antes que el presidente electo de entonces, Raúl Alfonsín (1983-1989) asumiera la Presidencia.
No son pocos los que aseguran que el escritor deseaba encontrarse con Alfonsín, con el que se había reunido en París, pero no pudo ser por cuestiones nunca aclaradas hasta hoy pese a que el jefe de Estado, en el Hotel Panamericano de esta capital se reunió, por aquellos días, con los «hombres y mujeres de la cultura».
Jorge Luis Borges, quizás el más notable de los participantes de aquel multitudinario encuentro, lideró un discurso esperanzador frente al mandatario que finalizó entre lágrimas. Pero Cortázar no estuvo presente aunque se alojaba a pocas cuadras de allí.
Como en un perverso juego de necios nadie quiso asumir ni explicar las razones de aquel desencuentro. Raúl Alfonsín responsabilizó por él a su secretaria, Margarita Ronco quien, a su vez, aceptó el cargo y, en alguna medida, se autoincriminó por el olvido.
El escritor Osvaldo Soriano (1943-1997), amigo personal de Cortázar, explicó el 20 de marzo de 1994 en el diario local «Página 12» que el escritor «nunca solicitó una entrevista con Alfonsín, a quien apreciaba sin hacerse demasiadas ilusiones» sobre la que sería su gestión.
Soriano reveló que «fuimos algunos de sus amigos los que pensamos que un presidente electo con un discurso de democracia y derechos humanos, rodeados de intelectuales más o menos progresistas, tenía el deber de recibir a un escritor ejemplar».
El caso es que el encuentro, por la razón que hubiere sido, no se dio. Dos meses más tarde, el 12 de febrero de 1984, Julio Cortázar murió como consecuencia de una larga enfermedad junto a quien fuera su primera esposa, Aurora Bernárdez, a la que designó como única heredera de su obra publicada y de sus textos inéditos.