
“¡BUENAS NOCHES TRISTEZA!”
“Los mejores amigos son parte de nuestra familia” (Adagio)
Incoherencia ante lo irreversible. La tristeza es un estadio de ánimo que provoca preguntas sin respuestas. Las yemas de los dedos pulsan unas teclas y la mente traiciona, hasta confundir a Pekerman con Ramón Díaz, pero eso es intrascendente y ni siquiera sirve de excusa.
¡Dame la mano tristeza! Caminemos hacia ninguna parte, buscando una luz que mitigue el dolor de una realidad injusta. Tal pareciera que… “Dios, a veces, escribe con renglones torcidos”.
Brotan como cascada, imágenes que hasta hace poco eran rutina y de repente llaman a la puerta para ingresar al álbum de los recuerdos, engrosando la lista de seres queridos que se marchan antes de tiempo Allí, Lesera, Ignacio e Isidoro seguirán porfiando su nacionalismo, con respeto y cariño. Y cerca están muchos florenses, que jugaban fútbol en despachos y canchas: Rolando Sáenz, Isaac Sasso, Alfredo Arguedas, Daniel Villalobos, Eugenio Obaldía y, los queridísimos Moyano (Don Antonio y “Toñito”) con el inolvidable “Don Ibo” Arias. Todos eran “hombres de bien”.
¡Qué enseñanza querer a “La Mariadelia”! Escuchar a “Los palomas muertas” que se sentaban cada tarde, frente al Fortín, a la sombra del “Palo de Copey”. O sentir, como un miembro más de la familia (Radar del Deporte) ingresa cada noche en miles de hogares con el sello peculiar de Víctor Manuel.
¿Padre: los indios tienen alma…? Debate filosófico que convirtió un viaje de miles de kilómetros en prólogo de un anecdotario de horas y días disfrutados con personas entrañables, a los que les unía la excusa de un equipo de fútbol, que representaba con orgullo, allende los mares, a un país con olor a café y tamal. Y para el libro… Conocer al dedillo las historias de “los del copete” versus “pueblo llano y humilde”, dando vueltas al Parque, por caminos diferentes y distinguiendo las clases sociales, en una época en la que era práctica social común y aceptada, pero no irreverente.
Nadie mejor que él, auténtico fiscal de “la ciudad de los flores” para denunciar incongruencias, frustraciones, traiciones y/o alegrías, que las instituciones generaban y que aficionados-ciudadanos tenían derecho a saber; sin recovecos y enfrentando polémicas o desnudando subterfugios.
¿Por qué llegan tan malas noticias? ¿Cómo las asimilamos, sin perder el respeto y la confidencialidad debida? ¿De qué manera reaccionar, si nos nace gritar negando la evidencia letal? Y así como los ríos siguen su curso, sortean recovecos y, en ocasiones, se desbordan; igual sucede con el sentimiento de tristeza, que resulta incontrolable.
El amigo que se va deja una profunda huella que nadie puede borrar…