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“FÚTBOL EN ESTADO PURO”

                                                          “No es cierto que tiempos pasados fueron mejores, pero…”                                            

Antonio Rodríguez Martín.

Recibimos un video desde Madrid que nos transporta al pasado. No es menos cierto que en esta época de tanta infraestructura, sofisticación y época de desarrollo, el “deporte rey” ha sucumbido ante la voraz maquinaria del cemento, modernidad y –disque- progreso.

Eran, indudablemente, otros tiempos… Los domingos, a las 6:30 am sonaba el despertador. No costaba trabajo -a diferencia de los demás días de la semana- para que los chavales se levantaran sin protestar. Al baño rápido y casi sin desayunar, en la bolsa de deporte, no faltaba nada: medias, pantaloneta, camiseta con numero negro cosido en la espalda, sin “mancha” (publicidad) y, por supuesto, las botas de futbol (en esa época negras) con suela de cuero y unas tiras (“espais”) clavadas que iban perforando la planta de los pies a medida que se iban usando y gastando.

En la gélida mañana decembrina, el grupo se reunía en la plazoleta y esperaban al tranvía que les llevaba desde el barrio de Carabanchel hasta el centro de la capital (Puerta del Sol), para de seguido introducirse en el metro (tren subterráneo) y tras muchas paradas hasta el final (Plaza de Castilla) Allí no terminaba el viaje… Faltaba abordar otro tranvía para llegar al pueblo de Hortaleza. Todo en un ambiente de gran armonía y compañerismo, que contribuía para que los güilas (“chavales”) además de defender los colores del “equipo del barrio” (Alianza C.F.) fueran amigos.

El rectángulo de tierra, irregular, con charcos y un barrizal, presagiaba un partido de enorme esfuerzo y músculo, donde hasta el balón de cuero y correílla, cada minuto pesaba más (incapaz de sacudirse agua y barro) y transportarlo era una heroicidad. En todo caso, nada aplacaba la ilusión de unos chicos que no conocían de excusas acerca del estado del terreno de juego, ni siquiera se preocupaban del árbitro, al margen de sus aciertos o errores.

En esa categoría juvenil, el uniforme (camiseta blanca, pantaloneta negra y medias blancas) terminaba totalmente sucio, de sudor, barro y número borrado. Importaba la satisfacción de ganar el juego, lo que para el largo regreso, con el hambre golpeando el estómago era un plus: “hemos ´ganao´, hemos ´ganao´, al equipo ´colorao´…”, cantaba uno y coreaban todos. Aquél sí era un futbol en estado puro y no el de ahora, donde botines de marcas y colores, papás llevando en carro a sus hijos y un sin fin de comodidades, le han robado al balompié su verdadero y lúdico sentido.

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