
“HIROSHIMA”
¿Tradición o progreso? “No se busca el fiel de la balanza, porque en asuntos tan contradictorios, éste nunca existe. (Libro Kyoko Date de Juan Luis Hernández-Fuertes)
Esta es una historia escrita, pero real. Aquel 6 de Agosto de 1.945, a las 9,15 a.m. Harry Spencer Truman había dado la “histórica orden”; sin duda la más errónea en contra de la humanidad. ¿Qué hacer para olvidar Hiroshima? Los sentimientos no son agua de un instante, sino más bien imperecederos.
Un personaje que ama la tradición asegura: “Mi alma se eleva por encima de las modas”. Y añade: “Mi única fortuna es el espíritu”. Por su parte, el científico “condenado” al progreso afirmó: “Esto (Hiroshima) fue lo más cercano al día del Juicio Final. Estoy seguro de que el fin del mundo, en el último milisegundo de existencia de la tierra, el hombre verá algo muy similar a lo que hemos visto”.
Se le da la opción al lector. Deberá escoger entre los científicos Albert Einstein, Enrico Fermi, Leo Szilard y Oppenheimer, que son el reflejo perfecto de los que se alejan de la humanidad y se amparan en la ciencia; o “los inmortales” Pablo Neruda, Antonio Machado, Federico García Lorca, Albert Camús o tantos otros; sin olvidarse de quienes de la fantasía hicieron parte de su vida, tales como Galileo Galilei, Julio Verne, Marconi, Jean Cousteau, etc.; o más pensadores y soñadores.
Kyoko Date es la protagonista virtual de una magnífica exposición del avance de la ciencia y sus impensables escarceos -sin fronteras- a través de la historia de la humanidad. Mishiko, es en cambio es un personaje “más real” que actúa al amparo de los sentimientos, la historia y la tradición, de acuerdo a las leyes de la Naturaleza. Surge la duda: ¿Ciencia para qué?
Natsuno Tanokura, anciana sobreviviente a la “barbarie”, inició la plática esperada. Por sus palabras se desprendía resistencia a enterrar el pasado. Costaba entenderla… Cadenciosamente inició su monólogo. La ocasión era propicia para exponer y referirse acerca de la honra de sus antepasados; que al fin y al cabo eran los mismos de todas las allí presentes. La mujer de más edad –según la tradición nipona- tenía plena conciencia que las demás la observaban. En el fondo de su corazón se sentía plenamente feliz, porque ninguna mujer de su familia faltó a la llamada. Se había propuesto no defraudarlas y lo iba a conseguir. Su rostro, impenetrable, reflejaba gran seriedad. En sus facciones se dibujaba una mezcla de tensión e ilusión, nada disimuladas. Sus ojos -tan abiertos como podía- giraban sin detenerse en punto alguno. La mirada vagaba por todas partes. Estaba ensimismada y ninguna de las allí presentes perdía -ni por un instante- la atención