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“´NADAMIROS´”

«La mujer del César no solo tiene que serlo, sino también parecerlo”

                                                                                                                               Adagio

“En mi pueblo el más tonto hace un reloj”, decía el alguacil. Por otra parte, un personaje de Wenceslao Fernández Flórez (“Nadamiro”) veía pasar la vida, desde la baranda del puente, mientras bajo sus arcos, el salmón nadaba Nalón arriba contracorriente, en busca del nacimiento del rio y su destino letal y final, tras cumplir su natural razón de ser.

Una tarde llegó un forastero perdido y preguntó a aquel hombre, con pinta de labriego y aparentemente algo disperso: “Oiga, buen hombre, ¿dónde está el Ayuntamiento?”. “No sé”, respuesta del criollo. Extrañado, el visitante insistió: “¿Y la casa del cura?”. “No sé”, igual de parco. Ya un poco molesto: “¿Y dónde está la Iglesia del pueblo?”. “No sé”, sin el mínimo rubor. Pensó, entonces, el foráneo que el “paisano” no era muy comunicativo, ni daba información, lo que le parecía raro. Cambiando el tono y hasta el talante, el recién llegado interrogó: “Oiga… ¿usted no sabe nada?” “Sí. No sé nada”, y sin perturbarse añadió: “Pero al menos no estoy perdido como usted”. Tenía razón “Nadamiro”, su vida la pasaba, gastando horas, días, semanas y años, allí sentado, silencioso y rutinario, siendo personaje conocido y típico en la comarca. A modo de despedida, el “desinformado” repreguntó: “¿Cuál es su nombre?” La contestación, acorde con las anteriores: “No se”. Ya un tanto enojado: “Pero… ¿entonces cómo le llaman?” Y esta vez sí fue convincente: “Nadamiro”. ¿Y a qué se dedica… qué hace?; con sonrisa burlona, el lugareño le amplió: “Nada. Miro”.

Tal pareciera que en la Asamblea Legislativa, un diputado declaró, con léxico sofista, “que su renuncia a participar, el fin de semana, en una importante comisión de recortes de presupuestos, cediéndole su lugar a otro ´muy interesado y obediente´ compañero parlamentario -que no de partido- solo obedecía a un deseo de colaborar”.

Sin duda, “Nadamiro” sería más convincente, en su sana ingenuidad: “que la decisión y el gesto no obedecía a compadre hablado”. Y, además, que si su hijo (del diputado) trabaja de chofer en Presidencia, ello es una circunstancia (¿casual?) y no una razón para devolver un favor político/laboral. Valga aclararle al religioso diputado “que ya nadie come cuento” y, que… los ticos no son “Nadamiros” (tontos); si bien en mayo estaban confiados, ahora ante éste y otros sofismas, sirve lo tan aireado de “la transparencia” y también que “la mujer del César no sólo tiene que…”.    

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