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“PEAJES PARA IR AL CIELO” (y IV Parte)

                                                                  “Nunca le perdonaré… ¡Qué le perdone Dios!”

                                                           Madre de una víctima mortal de accidente de tráfico

Es una “barbarie” la vergonzosa estadística de la última década de “el país más feliz del mundo”. Con este número de víctimas, en Semana Santa, cualquier gobierno habría cesado a “los responsables” de la masacre. En Costa Rica ¡NO! Nadie cuestiona las seudo-carreteras -disque “Autopistas con peajes al cielo”. Y los comunicadores son cómplices, con su silencio, de la inacción de las autoridades; los tribunales tampoco ponen grilletes a los borrachos, ya sea porque tienen arraigo o gozan de impunidad al poseer “galones”.

Un caso mediático es el de Verónica. Una joven brillante con toda una vida por delante. Al regreso de unas cortas vacaciones, vio truncada su vida. En una carretera -en cualquier nación del mundo sería de segundo orden- que en apenas 50 kms. se pagan ¡4 peajes!, caros y cuestionados, ya que (la ruta27) carece de elementos de seguridad mínimos; eso ante la inopia de los gobiernos de turno. Sucede que un turismo, a plena luz del día y en una recta, invade el carril contrario chocando de frente con otro vehículo. Ya de nada sirve la prudencia, si un borracho o drogado, puede enviar al hospital a cuatro personas, que circulan tranquilas, alegres y felices. De ellas, una (Verónica) fallece en el choque frontal.

Luego se convulsiona la opinión pública cuando el conductor, que provocó el siniestro, queda en libertad “porque tiene ´arraigo´” y justifican: “no hay riesgo de fuga…, etc.

Al margen de la constitucional “presunción de inocencia”, que en este caso no debería aplicar, es desgarrador escuchar a la madre de Verónica Guerrero Gamboa.

Esperanza, una madre rota, con voz entrecortada, sumida en la rabia, el dolor y la indignación, declara: La muerte de mi hija no fue un accidente, es un asesinato”. Y amplia: “A este tipo, desde el momento en que se tomó el licor, fumó lo que fumó, se drogó con lo que se drogó y agarró un volante, no le importó lo que se iba a encontrar de frente. Él sabía lo que estaba haciendo. No es un homicidio culposo, es homicidio premeditado”. Y firme, sentencia: “Le digo al juez, que si veo a quién asesinó a mi hija, le voy a matar… Y tengo que quedar libre, porque yo tengo, no dos sino cuarenta y ocho años de arraigo”.

Dicho esto, la autoridad de marras debe avergonzarse. Él también forma parte del ejército que practica “la cultura del guaro” y que ha sido -en ocasiones- sancionado por ser un infractor recurrente y además, fue sorprendido en estado de ebriedad.

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