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“Sanatorio Durán” (I Parte)

“Es pura leyenda”

                                                                                                  Sebastián Calderón. Un cuentacuentos

En las laderas del Volcán Irazú, con “la muy noble y leal” al sur, a veces envuelta en brumas y bajo el manto de “La Negrita”, se encuentra en legendario Sanatorio Durán  Un lugar al que los años y las leyendas han convertido en centro muy visitado por jóvenes y adultos, que siguiendo los pasos del guía de turno, se deleitan o tiemblan, cuando les cuentan lo que sus paredes descuidadas, callan, muestran o esconden.

El complejo de edificios se alza en Tierra Blanca de Cartago, en una zona aislada y montañosa, donde el ambiente solitario y lánguido que provoca la carcoma y el clima, contribuye a las sensaciones de “temblorina”, tanto de frio como de temor.

Pasear por sus pasillos, muros, habitaciones, salones y zonas derruidas, implica conclusiones. Una es que determinados dirigentes futboleros no están por esos linderos; aunque si lo estuvieran no producirían mayor pánico que el que gestan las sombras que los fantasmas, a hurtadillas, dejan como indicadores “de que allí están”. Y la otra, es que la experiencia de la visita a tan enigmático lugar, además de costar –tal cual fuera un museo- deja marcado y estigmatizado al visitante. máxime si el cuentacuentos de turno exagera, con éxito, la narración.

Nace el Sanatorio Durán para cubrir una necesidad, en su época, relacionada con el dolor y la inexorable muerte: la tuberculosis. Es entonces cuando la benemérita institución cumple sus funciones, siendo de las mejores de Latinoamérica. Años después, desaparecida la enfermedad y la necesidad de incomunicación de los enfermos, es convertido es hospicio de menores y también en prisión. Empero, en 1973, los daños que causó la desastrosa erupción del volcán Irazú, supuso el último clavo en el ataúd del ya obsoleto recinto, que tras haber cumplido su labor humanitaria poco a poco fue dejado en el olvido; a pesar del tenaz mecenazgo, por años, del Dr. Meza. Y lo que nunca falta en Tiquicia: feneció el centro cuando cayó en esas administraciones públicas que todo lo entierran. Asi es como el Sanatorio Durán se convierte en lo que es hoy: puras remembranzas..

En todo caso, cuando la tuberculosis era “incurable” y los enfermos huían por la noche, las monjitas salían en su busca hasta encontrarlos, para luego devolverlos con los pocos halitos de esperanza que tenían; siendo así que cuenta la leyenda que el espíritu de una de ellas todavía pulula por esos páramos. Son historias de historias, de todos los gustos; sin que falten los grupos satánicos que pintaron las instalaciones con grafitis grotescos. Mañana seguimos…

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