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“SE ROMPE EL ALMA”

Algo está pasando en esta sociedad. Cuando un día sí y otro también, un bebé pierde la batalla de la vida, dadas las escasas fuerzas que le quedaban, tras las salvajes golpizas de “un animal” o padrastro. Aún si reponerse de la barbarie contra la población más frágil, surge otra terrible noticia: tres infantes de dos, tres y cinco años pierden la vida abrasados, solos en un reducido cuarto, mientras su abuela llevaba a otro nieto a la buseta que le llevaba a la escuela. Las razones… ¿si estaban jugando con fósforos o se produjo un cortocircuito?, de poco sirven. Lo cierto es que una abuelita, muy mayor y humilde, se había hecho cargo de sus nietos, ante la cobardía de una madre que los abandonó, cuando “sus” hijos apenas despegan un palmo del suelo. La desnaturalización y la ausencia del instinto materno, en estos y en otros muchos casos, resulta imposible explicar.

Tampoco resulta fácil de entender, por más condolencias que envíe el Presidente de la República: ¿cómo es posible que estos niños no estuvieran en una de las publicitadas Redes de Cuido? Una sociedad responsable y desarrollada (¿lo somos?) debe cuidarles, alimentarles, educarles y facilitarles una esperanza, de cara a un futuro promisorio..

En Costa Rica, con 81 gobiernos locales y un sin fin de Asociaciones de Desarrollo, Comunales o Sociales (casi siempre con las puertas cerradas), no es de recibo que tres cuerpecitos mueran “achicharrados”, de forma tan cruel e inhumana. En todo caso, como nadie será culpable, la falta de compromiso social permitirá a muchos conciliar el sueño.

Para nunca olvidar esas caritas, sonrisas espontaneas -brotando no de la pobreza, sino de la ingenuidad-, ojos vivarachos y la vida rota de tres güilas que vivían (¿eso es vivir?) en un recinto alquilado de 18 m2, con un padre trabajador y una abuela responsable; que un día fueron dejados “a la mano de Dios”, por esa mujer que supo engendrar pero no ser madre. Se rompe el alma al imaginar el grito tan desgarrador, que ellos, Adrián, Daniel y Ariel, atrapados daban. ¿De qué sirven los programas de gobierno o inauguraciones pomposas de centros de cuido, si se permiten estas situaciones de riesgo, consanguíneas a la pobreza? Hoy entierran a estos angelitos y los adultos siguen con discusiones banales de huelgas, ajustes y recortes. La muerte de estos pequeñines bien vale una reflexión: ¿Qué hacemos los mayores?

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